martes, 22 de abril de 2014

Vidas sin alma


Querida hija:

Recuerdo como si fuera ayer, el día en que naciste.
Era una mañana fría de primavera de 1990.
Desde nuestra ventana del Hospital , se podía ver orgullosa Sierra Nevada, dandote la bienvenida a este nuevo mundo, un mundo que augurabamos lleno de cálidos momentos, de sueños, de proyectos para tu recién estrenada vida.

Cuando te ví la primera vez, eras tan hermosa, tan delicada, y transmitías tanta armonía, que no se me pasaba por la mente, nada más que un futuro lleno de alegría, de risas infantiles, de juegos, paseos por el parque, aprendizaje y felicidad compartida.

¿Sabes? Tu padre y yo, nos sentimos las personas más afortunadas del mundo, agradeciendo tenerte a cada segundo, no podíamos apartar nuestra mirada de tu pelo, de tus ojos, de tus mejillas sonrosadas, de tu tierna sonrisa.

Lloramos de alegría, con nuestras manos entrelazadas, durante no sé cuanto rato, pero viéndote allí con nosotros, el tiempo pasaba muy, muy rápido.

Cuando las enfermeras vinieron para asearte, sentí tener que tenerte lejos, ahora quería tenerte para mí a cada instante, despues de llevarte en mi vientre, compartir nuestro espacio físico, y habernos unido emocionalmente de una manera tan fuerte, ese simple instante de alejamiento, ya me hacia echarte de menos.

Claro que pensé, que aquello debía de ser normal en una madre primeriza, pero un escalofrío recorrió mi cuerpo, y ese tiempo de espera, se alargó más y más haciendose insoportable.

Tu padre fué en tu busca, y cuando vino a la habitación, antes de pronunciar ni una sóla pálabra, solo con ver su mirada, supe que algo no iba bién.

Allí, en ese preciso instante se paró mi tiempo, se cortó mi alma, y perdí toda la paz que había en mi corazón.

Ay! Niña mía! Tu padre y los médicos me decían que te habias puesto muy enfermíta, y moribunda, en cuestión de horas, se temía por tu vida.

Todo dió un giro de trescientos sesenta grados, y tu pequeña cuna vacía con ese olor tuyo tan inconfundible, hacía notar cada vez más tu ausencia.

Aún no me había recuperado del parto, pero nada me dolía más que el alma, rota en mil añicos cuando aquel médico de semblante frío y nervioso nos dijo que nuestra niña del alma no había sobrevivido.

No puede ser! No puede ser! Es lo último que recuerdo haber dicho, después una oscuridad sordida me atrapó y me dejó en la inconsciencia de un ser, con un cerebro que no podía asimilar tan brutal información.

Aquellos días me debatí entre los delirios, calmantes, y tratamientos a una infección post parto que no remitía, sin poder recapacitar ni ver con claridad, todo lo que estaba ocurriendo.

Fué tu padre, hija mía, el que con tu abuelo fué a despedirte, y allí tu abuelo que tanto ansiaba tenerte te vió con aquel cortecito en la cara...¿que te habian hecho? ¿que habia producido tal herida?

Miles de preguntas nos invadieron día tras día, y a la angustia de tu perdida se unió la pérdida de tu abuelo, ese hombre que ansiaba tanto compartir tu niñez; murió con aquella inquietud, y sensación de oscuridad en todo lo que en aquel día trágico aconteció en nuestras vidas.

Cada día te rezamos, cada día te añoramos, tus vestidos esperandote, tu perrito de trapo , de ojos de azabache en tu cuna, vacía de amor, llena de frío sin tí, mi niña dulce.

Tu padre enloqueció, no paraba de pensar y resonaban en su cabeza las palabras de tu abuelo, cuando te vió ese corte en la cara.
Algún hecho oculto, había tras tu fallecimiento repentino.

Finalmente tras ocho años pedimos abrir tu tumbita, para aclarar la causa de tu muerte, tu misteriosa muerte, y allí, empezamos la batalla que no creí tener fuerza de batallar.

Pero todo cambió cuando aquel informe del laboratorio indicó, que aquel cuerpo no tenía nada de mi ADN, ni aquel diminuto cadaver tenía nada que ver, con aquella niña de tez blanca y ojos azules, que tuve entre mis brazos.

No me faltan las fuerzas porque sé que estás viva, no me falta la esperanza de encontrarte amor, la pena de saber que todos estos años hemos estado separadas sólo se calman con la alegría de saber que vives en algún lugar, no sé si cerca o lejos de aquí.

Hija mía te apartaron de nuestro lado, no nos robaron una hija, nos robaron nuestra vida, nuestra ilusión, nuestros sueños y nuestras ganas de vivir.

Que penita amor mío, que como tú, robaron muchos niños más, alejandolos de las personas que más los querian, negociando con la vida, destruyendo hogares; niños que aún no se han encontrado con sus padres, y que están viviendo ajenos a todo este desastre que mentes perversas han propiciado.

Tendrás ya 22 años, y desde que sé que te apartaron de mi lado, pero vives, no he parado de buscarte, y no cesaré, hasta que te encuentre.

Nadie nos devolverá los días vividos sin tí, pero cuando nos encontremos, intentaremos borrar todo lo sufrido para disfrutar de cada instante doblemente, y compensar de mil formas, la falta que tenemos de tí, y tú de nosotros.

Celebraremos con más dedicación , todos los acontecimientos de tu vida que nos hemos perdido, y saltaremos, bailaremos, cantaremos a la vida...

Cuanto amor sentimos por tí, cuanto amor has dejado en esta casa que te espera, para que la llenes de tí, con tu voz, con tu cariño, con tu vida.

Hija mía, cada día al anochecer, sé que queda menos para que nos encontremos, allá donde estés, buenas noches mi amor, pronto estaremos juntas para siempre.


 




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