Querida hija:
Recuerdo como si fuera
ayer, el día en que naciste.
Era una mañana fría de primavera de
1990.
Desde nuestra ventana del Hospital , se
podía ver orgullosa Sierra Nevada, dandote la bienvenida a este
nuevo mundo, un mundo que augurabamos lleno de cálidos momentos, de
sueños, de proyectos para tu recién estrenada vida.
Cuando te ví la primera
vez, eras tan hermosa, tan delicada, y transmitías tanta armonía,
que no se me pasaba por la mente, nada más que un futuro lleno de
alegría, de risas infantiles, de juegos, paseos por el parque,
aprendizaje y felicidad compartida.
¿Sabes? Tu padre y yo,
nos sentimos las personas más afortunadas del mundo, agradeciendo
tenerte a cada segundo, no podíamos apartar nuestra mirada de tu
pelo, de tus ojos, de tus mejillas sonrosadas, de tu tierna sonrisa.
Lloramos de alegría, con
nuestras manos entrelazadas, durante no sé cuanto rato, pero
viéndote allí con nosotros, el tiempo pasaba muy, muy rápido.
Cuando las enfermeras
vinieron para asearte, sentí tener que tenerte lejos, ahora quería
tenerte para mí a cada instante, despues de llevarte en mi vientre,
compartir nuestro espacio físico, y habernos unido emocionalmente de
una manera tan fuerte, ese simple instante de alejamiento, ya me
hacia echarte de menos.
Claro que pensé, que
aquello debía de ser normal en una madre primeriza, pero un
escalofrío recorrió mi cuerpo, y ese tiempo de espera, se alargó
más y más haciendose insoportable.
Tu padre fué en tu busca,
y cuando vino a la habitación, antes de pronunciar ni una sóla
pálabra, solo con ver su mirada, supe que algo no iba bién.
Allí, en ese preciso
instante se paró mi tiempo, se cortó mi alma, y perdí toda la paz
que había en mi corazón.
Ay! Niña mía! Tu padre y
los médicos me decían que te habias puesto muy enfermíta, y
moribunda, en cuestión de horas, se temía por tu vida.
Todo dió un giro de
trescientos sesenta grados, y tu pequeña cuna vacía con ese olor
tuyo tan inconfundible, hacía notar cada vez más tu ausencia.
Aún no me había
recuperado del parto, pero nada me dolía más que el alma, rota en
mil añicos cuando aquel médico de semblante frío y nervioso nos
dijo que nuestra niña del alma no había sobrevivido.
No puede ser! No puede
ser! Es lo último que recuerdo haber dicho, después una oscuridad
sordida me atrapó y me dejó en la inconsciencia de un ser, con un
cerebro que no podía asimilar tan brutal información.
Aquellos días me debatí
entre los delirios, calmantes, y tratamientos a una infección post
parto que no remitía, sin poder recapacitar ni ver con claridad,
todo lo que estaba ocurriendo.
Fué tu padre, hija mía,
el que con tu abuelo fué a despedirte, y allí tu abuelo que tanto
ansiaba tenerte te vió con aquel cortecito en la cara...¿que te
habian hecho? ¿que habia producido tal herida?
Miles de preguntas nos
invadieron día tras día, y a la angustia de tu perdida se unió la
pérdida de tu abuelo, ese hombre que ansiaba tanto compartir tu
niñez; murió con aquella inquietud, y sensación de oscuridad en
todo lo que en aquel día trágico aconteció en nuestras vidas.
Cada día te rezamos, cada
día te añoramos, tus vestidos esperandote, tu perrito de trapo , de
ojos de azabache en tu cuna, vacía de amor, llena de frío sin tí,
mi niña dulce.
Tu padre enloqueció, no
paraba de pensar y resonaban en su cabeza las palabras de tu abuelo,
cuando te vió ese corte en la cara.
Algún hecho oculto, había tras tu fallecimiento repentino.
Finalmente tras ocho años
pedimos abrir tu tumbita, para aclarar la causa de tu muerte, tu
misteriosa muerte, y allí, empezamos la batalla que no creí tener
fuerza de batallar.
Pero todo cambió cuando
aquel informe del laboratorio indicó, que aquel cuerpo no tenía
nada de mi ADN, ni aquel diminuto cadaver tenía nada que ver, con
aquella niña de tez blanca y ojos azules, que tuve entre mis brazos.
No me faltan las fuerzas
porque sé que estás viva, no me falta la esperanza de encontrarte
amor, la pena de saber que todos estos años hemos estado separadas
sólo se calman con la alegría de saber que vives en algún lugar,
no sé si cerca o lejos de aquí.
Hija mía te apartaron de
nuestro lado, no nos robaron una hija, nos robaron nuestra vida,
nuestra ilusión, nuestros sueños y nuestras ganas de vivir.
Que penita amor mío, que
como tú, robaron muchos niños más, alejandolos de las personas que
más los querian, negociando con la vida, destruyendo hogares; niños
que aún no se han encontrado con sus padres, y que están viviendo
ajenos a todo este desastre que mentes perversas han propiciado.
Tendrás ya 22 años, y
desde que sé que te apartaron de mi lado, pero vives, no he parado
de buscarte, y no cesaré, hasta que te encuentre.
Nadie nos devolverá los
días vividos sin tí, pero cuando nos encontremos, intentaremos
borrar todo lo sufrido para disfrutar de cada instante doblemente, y
compensar de mil formas, la falta que tenemos de tí, y tú de
nosotros.
Celebraremos con más
dedicación , todos los acontecimientos de tu vida que nos hemos
perdido, y saltaremos, bailaremos, cantaremos a la vida...
Cuanto amor sentimos por
tí, cuanto amor has dejado en esta casa que te espera, para que la
llenes de tí, con tu voz, con tu cariño, con tu vida.
Hija mía, cada día al
anochecer, sé que queda menos para que nos encontremos, allá donde
estés, buenas noches mi amor, pronto estaremos juntas para siempre.